Dibujo sketches. Y no, no busco la foto perfecta ni la representación milimétrica de la realidad.
Para mí, dibujar es un ejercicio de percepción pura. Es capturar un momento cualquiera: una madre mirando el móvil, un árbol en mitad de la calle, la postura distraída de alguien que espera el autobús, la escena de una obra de teatro.
No me importa la perfección técnica. Me importa la emoción. Esa sensación efímera que flota en el ambiente y que, si no la atrapas al vuelo, se desvanece para siempre.
Es un impulso. Un latido que sale de la mirada, atraviesa la mano y es llevado directamente al papel. El trazo es rápido, los rasgos sin detalle, lo que queda en el papel no es una copia de lo que vi, sino la impresión de lo que sentí.
Dibujar así es aprender a ver con el alma.